viernes, 24 de septiembre de 2010

Ortega y Gasset: para los niños españoles *

                                                                                JESÚS MELLA

[A Gadea, Alejandro y Jorge]

El pasado día 18 de octubre de 2005 se cumplieron 50 años de la muerte de José Ortega y Gasset (1883-1955), el filósofo español  -un “acontecimiento”, según Fernando Vela-  del siglo XX.
Debo empezar diciendo que, aunque lector esporádico de Ortega, nunca he sido deslumbrado por el orteguismo, al que siempre he puesto reparos. Cautelas que vienen de atrás, cuando tuve la ocasión de leer precipitadamente tanto las interpretaciones hagiográficas de los discípulos, como las falangistas que se apropiaron de su brillante fraseología, como las que trataban de desacreditarlo desde la dogmática acrítica del materialismo histórico o desde revisiones que dudaban del carácter democrático del liberalismo orteguiano: Vicente Romano (José Ortega y Gasset, publicista), Fernando Ariel del Val (Historia e ilegitimidad. La quiebra del estado liberal en Ortega. Fragmentos de una sociología del poder), Antonio Elorza (La razón y la sombra. Una lectura política de Ortega y Gasset). Ante la confusión sólo parecía clarificadora la lectura de Javier F. Lalcona: El idealismo político de Ortega y Gasset, complementada, mucho mas tarde, con el irreverente libro de Gregorio Morán titulado El maestro en el erial. Ortega y Gasset  y la cultura del franquismo.
Pasados los años, la vuelta a la lectura reposada de Ortega y sobre Ortega   -a través de los más recientes especialistas- se ha revuelto contra los prejuicios y las valoraciones tópicas de unos y otros. Ha hecho que corrija apreciaciones sobre los posicionamientos políticos de aquél. Encuentro su prosa dotada de una infrecuente intensidad y un ánimo de verdad  y procuro buscar la aproximación crítica, en el humilde intento de llegar a interpretar mejor su trayectoria político-filosófica, y la presencia de su legado en la corriente actual de las  ideas.
Porque, quiérase o no, Ortega sigue siendo tema de nuestro tiempo, incluso para los más escépticos. Es difícil encontrar un intelectual hispano que no haya tomado partido ante su obra y su actividad pública. De hecho es uno de los filósofos más editados. Su pensamiento nunca estuvo ausente del mundo intelectual español  -a pesar de la crisis del orteguismo tras el vendaval del 36, de su distorsionada recepción académica durante el franquismo y de su aparente neutralización en los orígenes de la transición-  y todavía hoy logra incomodar tanto a la derecha más intransigente como a la izquierda sectaria de inercias totalitarias, por su vitalidad y libertad.  Y es así, porque parte de sus intuiciones se han venido confirmando con el paso del tiempo y porque su presencia  -en sectores realmente influyentes-  jamás se sospechó tan relevante como ahora. Una simple relectura de la controvertida y pesimista obra La rebelión de las masas, de la que se cumplen asimismo 75 años, puede confirmar las razones suficientes que invocamos para la relativa vigencia de su pensamiento  -o al menos su interés-  en el ámbito de la filosofía cultural, social y moral. Refutaciones prejuiciosas recientes, como el inmisericorde panfleto de Alejandro Pareja (Un rey desnudo. “La rebelión de las masas”, Ortega y Gasset y el orteguismo), no producen el desasosiego suficiente como para no declarar que la filosofía hispana llega a su madurez a través de su obra.

Hace unos meses se ha celebrado en Madrid un interesante congreso internacional organizado por la fundación que lleva su nombre, y en él ha quedado de manifiesto que su significativa reactualización debe servir como instrumento  -ante tanta abulia intelectual y orfandad de referentes éticos y humanísticos-  para reorganizar una hegemonía de las ideas en el momento histórico de cambio que padecemos, pleno de incógnitas y de deletéreos demagogos. La circunstancia de tal congreso fue aprovechada para presentar el tomo IV de sus Obras Completas, que se dicen definitivas.
En dicho tomo IV se recoge la producción escrita desde el año de 1926 al significativo de 1931, intervalo coincidente con el ocaso de la monarquía alfonsina. Años de innegable actividad política por parte de nuestro pensador, ambigua al principio. Se trata de un Ortega consolidado como filósofo, director de la influyente Revista de Occidente: su revista, tertulia y casa editorial. Período en el que se perfila nítidamente su genuina elaboración filosófica, la compleja ontología de la vida, con sus leyes y categorías propias, cuyo seductor radicalismo y su capacidad de interpelación permanecen pasmosamente casi inalterables al paso de los años, en un estado de palpitante modernidad.
Y a pesar de que en dicho tomo se recogen nada más y nada menos que obras sustanciales para entender su trayectoria e idealismo político, como La rebelión de las masas  -antes citada-,  Misión de la Universidad o La redención de las provincias y la decadencia nacional, un texto que nos sigue llamando la atención en el corpus orteguiano  -circunstancia a la que no es ajena el oportunismo del momento presente-  es aquél que se ha venido titulando Para los niños españoles. Se trata de una brevísima pieza escrita apresuradamente por Ortega para su inclusión en el volumen Nuestra raza, libro de lectura escolar de la Editorial Hispano-Americana (Reus, 1928) y pensada en la perspectiva de la inminente  Exposición Hispanoamericana de Sevilla (1929). Un libro en el que colaboraban, entre otros autores, Azorín, Ramón Menéndez Pidal, Miguel de Unamuno y Santiago Ramón y Cajal.
No es este un texto único en tal temática, ni mucho menos. La dimensión  de Ortega como educador no ha sido muy tratada a pesar de que su pasión fue la educación del pueblo español  a la manera de reformador social. Y aunque evolucionó en sus concepciones filosóficas acercándose al hombre y al país real con una pedagogía vitalista, y más adelante un tanto pragmática, uno de los objetivos permanentes en su itinerario fue la transformación de la situación española en el sentido de alcanzar las formas de cultura vigentes en la Europa de cada tiempo, aunque tal eurocentrismo se dio de bruces  -más de una vez-  con la realidad convulsa del continente.  En los escritos pedagógicos de Ortega no encontramos una exposición sistemática, puesto que ésta no es objetivo perseguido en nuestro autor, pero merecen ser citados: La pedagogía social como programa político (1910), La hora del maestro (1913), Biología y Pedagogía (1923), Elogio de las virtudes de la mocedad (1925), Misión de la Universidad (1930), Sobre el estudiar y el estudiante (1933), Sobre las carreras (1934) y Apuntes para una educación del futuro (1952).
                                                                                  
Para los niños españoles es un texto vivaz y directo, que se reeditó póstumamente en más de  una ocasión  y que cuando lo leí por primera vez   -creo recordar en Misión de la Universidad  de la colección El Arquero-  me causó tanta emoción como aquel poema de Pepín de Melás  dedicado A los neños de La Calzada en la inauguración del Parque Infantil del citado barrio gijonés (1915), aunque obviamente nada tengan que ver el uno con el otro, ni en temática ni en  pretensiones, si bien al fondo asoma lo mejor de nuestra existencia: los niños. El de José Ortega y Gasset, más vigoroso y  de intención claramente pedagógico, habla por sí sólo y dice así:
El porvenir de España depende enteramente de vosotros los niños españoles. Y dentro de vosotros, niños españoles, depende enteramente de que aprendáis o no aprendáis una cosa. ¿Sabéis cuál? Esto que habéis de aprender y cultivar en vosotros exquisitamente, niños españoles, es lo que en mayor grado faltaba a nuestros padres y nuestros abuelos. ¿Sabéis qué es? ¡Ah!, una cosa que parece muy sencilla. Ésta: distinguir entre personas.
No ignoráis que con el ejercicio y el adiestramiento consigue el hombre perfeccionar incalculablemente su capacidad de distinguir. El pintor llega a notar la diferencia entre colores que a los demás parecen iguales. El músico distingue las más leves divergencias entre los sonidos. Para el que es catador de vinos, como lo fue el padre de Sancho Panza, no hay dos vinos iguales. La palabra "sabio" significó en un principio el que distingue de sabores.
Pues bien, la vida de una sociedad y más aún la de un pueblo depende de que sus individuos sepan bien distinguir entre los hombres y no confundan jamás al tonto con el inteligente, al bueno con el malo.
 Mirad: a la hora en que escribo esto para vosotros hay en España, desgraciadamente, muy pocos hombres inteligentes y de corazón delicado. Sólo esos hombres puros, espirituales, profundos y nobles podrían mejorar a la patria. Pero no logran que se les atienda.
Porque los españoles que ahora forman nuestra sociedad no saben distinguir entre hombres y, acaso de buena fe, creen que son inteligentes los que son más necios, que son buenos los que son más farsantes. Ya sabéis que hay enfermos de la visión los cuales ven grises los objetos azules. Una cosa parecida nos acontece hoy a los españoles: padecemos una perversión del juicio sobre personas. Se juzga inteligentes a esos vanos charladores que llaman "políticos". Se cree que es buen poeta, buen novelista, buen profesor el que más lugares comunes dice, el que mejor halaga al público repitiendo las tonterías que éste pensaba veinte años hace.
Y en tanto los mejores, los que verdaderamente valen son poco conocidos, nadie les hace caso o, tal vez, se les combate en todas formas.
¿Veis cuán importante sería que vosotros llegaseis a la madurez con una exquisita sensibilidad para distinguir entre el valer verdadero y el falso?

            A este fin yo os recomendaría, entre otras, cuatro reglas o criterios:

            1.ª No hagáis nunca caso de lo que la gente opina. La gente es toda una muchedumbre que os rodea  -en vuestra casa, en la escuela, en la Universidad, en la tertulia de amigos, en el Parlamento, en el círculo, en los periódicos. Fijaos y advertiréis que esa gente no sabe nunca por qué dice lo que dice, no prueba sus opiniones, juzga por pasión, no por razón.
2.ª Consecuencia de la anterior. No os dejéis jamás contagiar por la opinión ajena. Procurad convenceros, huid de contagiaros. El alma que piensa, siente y quiere por contagio es un alma vil, sin vigor propio.
3.ª Decir de un hombre que tiene verdadero valor moral o intelectual es una misma cosa con decir que en su modo de sentir y de pensar se ha elevado sobre el sentir y el pensar vulgares. Por esto es más difícil de comprender y, además, lo que dice y hace choca con lo habitual. De antemano, pues, sabemos que lo más valioso tendrá que parecernos, al primer momento, extraño, difícil, insólito y hasta enojoso.
            4.ª En toda lucha de ideas o de sentimientos, cuando veáis que de una parte combaten muchos y de otra pocos, sospechad que la razón está en estos últimos.
Noblemente prestad vuestro auxilio a los que son menos contra los que son más.”

Pieza menor, redactada en pleno primorriverismo, momento de crisis histórica, cuando arrecian las revueltas juveniles contra el régimen y su reforma universitaria, y cuando el hastío de la intelectualidad  -liderado por Unamuno, de los Ríos, Marañón o Jiménez de Asúa-  contra el talante de la imposición se ha generalizado. Ortega transita entre la filosofía y el compromiso político, actividad que le llevará irremediablemente a renunciar a la Cátedra de Metafísica de la Universidad Central de Madrid. Es un alegato  -de claro tono moralista y rebeldía constructiva-  a favor de la libertad y la razón, del mérito y el esfuerzo, y una crítica a la clase dirigente de la época, a la mediocridad colectiva imperante, e implícitamente, al sistema educativo primorriverista, entregado totalmente al servicio de la política y a los dogmas más tradicionales. Pero, ante todo, aflora la funcional distinción orteguiana, de tipo ideal, entre minorías y masas, entendiendo que minoría es el individuo que se selecciona a sí mismo por la dureza de la tarea que se autoexige, y masa el “hombre medio”, concebido como categoría antropológica. En el fondo, está lamentando de alguna manera la “ausencia de los mejores”, los mejor preparados, en la dirigencia y servicio a España. Una apología del talento y de la excelencia imitativa, si se quiere, pero también del sentido común.
Y aunque se trata de un grito de desolación dirigido a los jóvenes de 1928   -año del segundo viaje de Ortega a la Argentina-,  y nuestros gobiernos reinantes distan de los códigos ideológicos y educativos de la Dictadura, ¿no es de rabiosa actualidad cuanto recoge Ortega en este radical articulito que reproducimos? ¿No parece revolucionario, a pesar de su carga de aristocratismo intelectual, reflejo de su teoría de la minoría ejemplar y creadora? Realmente es una sacudida al narcisismo insolente de los buscadores de arcadias, una crítica en el tiempo a nuestros autocomplacientes gobernantes  -simplificadores o faltos de conciencia histórica-, a la deserción de los valiosos ante el auge de la mentalidad sumisa y a la degradación del sistema educativo  vigente y los valores que fomenta, señaladamente el igualitarismo mal entendido, que de forma  irremisible convertirá la escuela en un gueto. Creo que a más de uno le hará meditar un rato, que de eso se trata, aunque sea en algunas ocasiones.  Sería deseable que de nuevo su voz fuese escuchada, que su ágil estilo y su mensaje  calase principalmente  -en el caso que nos ocupa-  entre  las comunidades educativas y entre los proyectistas pedagógicos postmodernos de esta España invertebrada, por mor de los nacionalismos obligatorios y los particularismos desintegradores, el nuevo señoritismo satisfecho. Modestamente, creo que una copia de esta breve invitación incitadora de Ortega a los jóvenes  -o al menos a una minoría cómplice- debería tener presencia pública en cada una de las aulas españolas y en sitio bien visible; sería el mejor homenaje en el cincuentenario de su muerte. Ortega es patrimonio de todos y una referencia intelectual permanente, al margen de las modas. Tampoco necesita ser mitificado, basta con ser leído.
En fin, a la luz de este entusiasta artículo que reproducimos  -que puede ser tomado como pretexto para una confesión de parte-  y del persuasivo mensaje que transmite, semejando una proclama de afirmación liberal e insobornabilidad, convendría ahora más que nunca recomendar  -ante tanta estafa intelectual sobrellevada y aprovechando la nueva edición de sus obras-  la lectura y relectura de la siempre original obra del pensador madrileño, y aprender de su curiosidad profunda, de sus ideas y de su pragmatismo filosófico, que es lo mismo que decir de su capacidad anticipadora. Una sugerencia aconsejable igualmente a los alejados de las coordenadas retóricas del orteguismo, trátese de académicos o mundanos, “jóvenes filósofos” o no tan jóvenes; pues se podrá filosofar con Ortega o en su contra, pero nunca sin él. Aunque algunos postulados se han vuelto inactuales, no todo ha caducado en Ortega. Se hace difícil cuestionar su inexcusable referencia para seguir pensando los problemas de hoy, para establecer lo que permanece vivo de su pensamiento. Asuntos como la quiebra del idealismo filosófico, la construcción europea, la organización de España como nación  -el manido “problema de España”-, la mundialización de las culturas y la crisis de la civilización occidental vinculada al fenómeno de las amenazas totalitarias,  son casi un diagnóstico profético  -a pesar de determinados errores históricos que recogen sus ensayos-  de los problemas actuales y siguen configurando el horizonte de nuestra existencia a pesar de los años transcurridos. Sobre todo ello escribió Ortega oportunas reflexiones, que si no esbozan soluciones  al menos son útiles para el debate.
Revisitar a Ortega, pensar en su compañía, es casi una necesidad y una obligación moral para los españoles, sin olvidar que nuestras circunstancias y nuestra generación son diferentes de las suyas, pues el pensador madrileño siempre orientará, por su clarividencia, el zigzagueo de la política en el futuro y la formación de ciudadanos libres y responsables. Y decimos una obligación moral, puesto que no es de recibo seguir pretendiendo que la máquina intervencionista del Estado pueda pensar por sus ciudadanos, ni seguir creyendo en el mito de una determinada supremacía intelectual vinculada a determinadas ideologías, por muy progresistas que se autodenominen quienes han vuelto decididamente a la vieja política de confrontación social entre los propios españoles. Vieja política de abyecto estilo que instrumentaliza el pasado histórico, falsificándolo, y que incomprensiblemente se olvida del futuro del país. Al respecto de todo esto, aconsejaríamos  -como botón de muestra-  los artículos y discursos recopilados bajo el epígrafe Rectificación de la República que aparecen, asimismo, en el último tomo publicado de la reciente edición de las Obras completas de don José, y que aparecieron en libro por primera vez en pleno periodo constituyente republicano (diciembre de 1931). Una brújula para las generaciones instaladas en el poder, que  dan la sensación de navegar a la deriva.

Si bien el pensamiento es circunstancial y el futuro es ingobernable, intratable, Ortega sigue siendo un “clásico” de nuestro tiempo. Recuperar críticamente el radicalismo vital de Ortega  -adaptándolo a las circunstancias presentes-  puede ser de nuevo un acicate regenerador ante tanta impostura y retroceso democrático, un acelerador de ideas para orientarse en esta época que se atisba de naufragio, de decadencia cultural de nuestros valores, morales e intelectuales. Asimilarlo, desarrollándolo y superándolo, para enfrentarse eficientemente a los problemas de hoy y de mañana. Si el propio Ortega consagró  -según propias palabras-  su vida y obra al servicio de España, pues fue su primera utopía y su definitiva obsesión, interviniendo en momentos decisivos en la actividad política  -las menos-  y retirándose a tiempo para objetivar su “circunstancia española” y así atrincherarse en la reflexión ensimismada y el ensayismo experimental, la hipótesis contrafactual  o virtual que ahora se nos ocurre es que nuestro rescatado filósofo –nuevamente de alta en la vida pública-, dado el vertiginoso periodo histórico, lleno de incertidumbres, que nos queda por recorrer, debería intervenir hoy activamente en el acontecer político  -por breve tiempo, eso sí-  para después volver a recogerse en la atalaya y acumular sugerentes escritos, seguramente de tono amargo, y de esa manera se pudiesen editar, luego, más volúmenes de El Espectador, probablemente en una nueva serie transustanciada en El Espectador perplejo. Dada la desorientación que domina lo masivo, no es descartable que nuestro filósofo corriese el riesgo   -en esta ocasión-  de no acertar a situar su obra en la realidad histórica, por lo valleinclanesco de la vida pública española y los prodigios que soportamos.  
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 * Texto publicado originariamente en la revista Platero (Oviedo), nº 157, septiembre-octubre 2006, pp. 19-26

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