jueves, 30 de septiembre de 2010

Ernesto Giménez Caballero: Un genial improcedente

         
Retrato por David Padilla
 
El profeta del fascismo español

Jesús Mella
Mañana, día 14 de mayo, se cumplen dos años del fallecimiento en Madrid del profeta del fascismo español, prolífico escritor y diplomático, Ernesto Giménez Caballero. El fundador de La Gaceta Literaria descansa en el cementerio de San isidro, al lado de Azorín, otro nieto del 98. Ya en sus descuidadas Memorias (1979) Giménez Caballero se proponía a sí mismo tres posibles tumbas: Cuelgamuros, Asunción (Paraguay) o su panteón isidrense, al lado del Manzanares. “Mi tumba isidrense significaría para mí donde nací”. A su sepelio asistió una veintena de personas, entre las que se encontraban familiares, amigos y algún pintoresco allegado. Su nieto, de mismo nombre, recordó a su abuelo como un autor contradictorio, destacando la frase con que un día le definió Franco: “Es un genial improcedente”.
La muerte literaria de Giménez Caballero había tenido lugar con mucha anticipación de años. Según cuenta Dionisio Ridruejo, ya no estaba en los altares antes del 36. Y es que los escritos de Giménez Caballero empezaron a perder interés a partir de 1933 (La Nueva Catolicidad) y sobre todo en la época de guerra y postguerra, en la que la mayor parte de sus publicaciones fueron opúsculos de apología delirada. Hasta el propio grupo cultural de la Falange, dirigido por Arrese, rechazaba su pretendido magisterio. También estaba mal visto en los sectores tradicionales por su calidad de ex enfant terrible. El nacionalcatolicismo también fue arrinconando las viejas maneras, los viejos sueños.
En los días triunfales, quien propuso crear las fiestas de la Victoria y el 18 de julio, acompañó a Franco en sus viajes por Cataluña, Andalucía y Portugal. Consejero de  Educación, enseñó en su querido Cisneros, en la Facultad de Letras y la Escuela de Periodismo. Siguió siendo consejero nacional, era procurador en Cortes, y en 1949 volvió a Estrasburgo  -había sido lector de español en su Universidad a comienzos de los años veinte-  en calidad de observador oficioso, para asistir a la inauguración del Consejo de Europa.
Visitaba campos de concentración, arengaba a los prisioneros, y mientras la contienda mundial fue favorable al Eje se convirtió en su condecorado y fiel vocero. Incluso, intentó alistarse en la División Azul. Visitó Italia y Alemania (1941), en donde gozó del favor de Goebbels, a quien expresó sus más absurdas propuestas a fin de restaurar el Imperio Hispano-austríaco: ¡Conquistar a los jesuitas para la causa nazi y casar a Pilar Primo de Rivera con Hitler!

Un exaltado
Sus artículos en la Revista de Estudios Políticos, en Arte y Ensayo, en La Estafeta Literaria, en Vértice y en otras revistas y periódicos, eran exultantes y exaltados.
Amor a Cataluña (1942), discurso fascista anticatalán inició una larga serie de libros similares, siendo el más importante. Un curioso opúsculo referente a nuestra región, Afirmaciones sobre Asturias (1945), lo dedicó a Nenuca Franco y Polo. En la primera parte realiza una “revisión militante de España” e intenta buscar el significado español de Asturias, concluyendo que “Asturias es la montaña: puesta por dios allí como guía caudillal de nuestro destino. Para salvar siempre a España”, y en la segunda nos presenta, en su centenario, un Jovellanos reaccionario -rescatado del “más desolado siglo de nuestra historia: el XVIII”-  efectuando un peculiar análisis del Mensaje a Ernesto, para intentar terminar con el “falso mito de una  Asturias como soviética a lo largo de los años”.
Recorrió la península con su pluma y su palabra, pero ya sin adhesiones y desengañado. “Estamos contra nuestro padres, al lado de nuestros abuelos”. Giménez Caballero miraba hacia américa. La “neutralizada España” había sido entregada a “los vecinos de nuestro vecinos”, se deshispanizaba.
Puede decirse que después de 1945, tras haber colaborado en la propaganda franquista, fue condenado por su carácter contradictorio y su apuesta por la obra de vanguardia. Su efectivo ostracismo político comenzó tras publicar un artículo (primavera del 43) sobre la matanza de Katyn, que incordió al Ministerio de Asuntos Exteriores y llegó a poner difíciles las relaciones con los aliados. En marzo de 1947 Franco anunciaba la ley de Sucesión. Para un furibundo opositor a la restauración monárquica, aquello era un ladrillazo. “Habíamos ganado la guerra y estábamos perdiendo la victoria”.
En un futurista prólogo a su obra Don Ernesto o el Procurador del Pueblo en las Cortes Españolas (1947) se decía a sí mismo que “desde 1942 en el ánimo de don Ernesto se inició una evidente crisis” y, al final del libro, expresaba su voluntad de ir al nuevo continente. Se preguntaba: “¿Qué pasa en América?” y se respondía: “Qué en américa empieza, ¡por fin! A amanecer…”. Es la época de la tertulia en el Café de Levante, desde la que iniciará la reivindicación de los libertadores hispanoamericanos.

Un documento inédito
De aquella época es la interesante carta inédita, significativa de su situación, que damos hoy a conocer. Está dirigida a Ruiz-Giménez, hombre de máxima confianza de Martín Artajo, encargado del Monasterio de Asuntos Exteriores. En ella reitera su deseo de ir a América y culpa de sus males en España a la… ¡Masonería!, preocupación obsesiva del régimen.
Ruiz Giménez en Tarragona (1953)

Madrid, 1 de julio de 1947
Excmo. Sr. D. Joaquín Ruiz-Giménez
Madrid

Querido Joaquín:
He recibido tu cariñosa carta en la que me esperas e invitas a verte. Pero como lo que debo decirte quisiera fuese con calma y ésa no la disfrutas entre urgencias y teléfonos, prefiero depositar por escrito estas palabras, no sólo para que tú las leas sino para que puedas dar de ellas conocimiento  -si lo crees oportuno-  a tus superiores que son los míos.
Dejemos ahora lo de mi filme sobre Cervantes en su calvario dolorosamente cervantino y vengamos a mi posibilidad de ir a América en esta coyuntura cada vez más favorable a España.
Me dices que necesito ser invitado desde allí. Si en eso reside la dificultad pronto recibiré invitaciones de Chile, Nicaragua, México y Argentina. Yo no dudo de América. De lo que dudo es de España. De que España -concretamente este régimen-me ofrezca algo con que premiar mis pasados servicios a él (que no he de pasar cuenta, como hacen tantas almas vulgares) sino por los grandes servicios, y grandes, que aún puedo prestarle y precisamente en América. Tú sabes perfectamente que desde 1928 en que lancé los primeros gérmenes espirituales de nuestro Movimiento yo no he dejado un instante de darle toda mi fe y en casos que conoces: mi hacienda y mi vida. Con un signo católico tan desde origen que está impreso en mi Genio de España (1932) y reconocido por la Iglesia. Hasta el punto que por ello tuve serias discrepancias con la Falange en una polémica famosa en torno al pobre Laborda (que en paz descanse). Tras La Conquista del Estado y las JONS hice la Unificación con FE y tas ésta, con los tradicionalistas. (Pregúntaselo a Serrano Súñer si se me debe algo en este sentido). Con mi pluma  -desde el famoso libro sobre Azaña hasta este Procurador del Pueblo que saca EPESA-  he venido justificando la figura del Caudillo dándola el único sustentáculo espiritual, serio e histórico de nuestro actual pensamiento político. He hecho la guerra como militar. He hecho una obra literaria, pedagógica y política como quizá ningún otro de mi generación. N tenía el gran Maeztu  -mi maestro-  tanto bagaje cuando don Miguel Primo de Rivera, providente y generosamente, le hizo embajador en Argentina para que así lograse su Defensa de la Hispanidad. La República honró a sus hombres con cargos y funciones, sin que esos hombres muchas veces se lo merecieran. Claro que este régimen ha sabido honrar por ejemplo a espíritus como el de Alfaro o el marqués de Valdavia. Pero yo sólo he de ocuparme ahora de mi propio Memorial y no del de los demás, en este país de memoriales, donde todo se olvida. Este régimen, salvo mi antigua Conserjería [sic] Nacional y ahora mi Procuraduría, no me ha concedido nada. No sólo eso, sino que ha permitido que se me insulte públicamente y ha evitado mi defensa, no obstante las últimas palabras del Caudillo de que no tolerará difamaciones ni injurias. ¿Es que el Caudillo no me estima? Tengo pruebas de que me quiere. Directas e indirectas. Y razones tendrá para ello. Y ¿entonces qué hay detrás de mí siempre? ¿Y la Iglesia? Tengo la bendición particular de Su Santidad y altísimas amistades que me honran benditamente por reconocer a cuantas mentes intelectuales descarriadas he dado sano ejemplo. ¿El Ejército? Soy su cantor y el que arrastró con más fuerza a las juventudes pacifistas y liberales al ideal guerrero. ¿La Falange? Se me tiene por haber iniciado el falangismo y ser su apóstol. ¿Los anglosajones? Hace poco en Pontevedra Mr. Starkie dijo públicamente que había sido yo un valiente por mi Carta a lord Holland y se me ofreció y se me ofreció para lo que gustase de Inglaterra. Norteamérica sabe que soy de los pocos españoles actuales que he merecido un estudio de sus universidades y en cuanto quisiera reanudaría mi colaboración en sus revistas interrumpida por la guerra.
Sólo cabe pensar en la verdad: la Masonería. Cuya influencia en España cada vez es más decisiva. ¿Tendré que recurrir a Israel  -que estudié y recorrí profundamente-  para que me auxilie en un país que se dice católico?
Yo sé que iré a América, a esa América donde hay grupos de jóvenes como me acaba de decir Foxá, por ejemplo en Colombia, que tiene de texto mi Genio de España. Pero ¿tendré que ir de emigrante? Porque si nuestro Estado me manda ha de ser con la dignidad que corresponde a un fundador suyo como soy yo y no de los menos eficaces. Tengo en mi vista la carta de Serrano Súñer a raíz de formarse el Gobierno de Burgos tras el Secretariado Político del que formé parte: “Aquí tiene usted lugar. Si no se le ha llamado ya ha sido porque en conversaciones con quién está más alto se creyó conveniente llevarle a la representación exterior”. Entonces no me interesaba tanto. Tenía que hacer cuanto hice que fue mucho, más de lo que puedes figurarte. Ahora sí mi interesa. Por razones funcionales, eficaces, hispánidas. Y hasta familiares. Sabes que tengo una aureola en nuestra América entre las nuevas promociones. Sabes que muchos exiliados antiguos, antiguos profesores o compañeros míos, me respetan y siguen leyendo. Que sé hablar con ímpetu y precisión a masas y minorías. Y escribir para ambas. Que he cuajado desde hace en los pocos europeos de exportación en nuestra tosca Iberia. Que mi hija mayor, que habla cinco lenguas, va a ser una de las primeras licenciadas de la rama de América. Que mi discreción y disciplina ha sido y es absoluta de alma religiosa y militante. ¿Qué se opone  -pues-  contra mí? Yo no veo más que una fuerza secreta más fuerte que nuestra católica. Y adivino  -conozco-  además sus representantes más o menos directos aquí, sus nexos y enlaces y sus actuaciones, dando el pase a fulano y mengano. ¿Es que será preciso pedirles ese pase?
Yo no renunciaría a ese viaje que creo decisivo en mis servicios de español si aquí se me utilizase en algo más que seguir limpiando mocosuelos de Bachillerato. Pero veo que ni en la Universidad, ni la Academia, ni tu Instituto ni el de Cultura Hispánica, ni la prensa me llaman para nada.
Las cosas hay que plantearlas así. Y resolverlas. Y si no se resuelven, tirar por otro lado directamente.
Un fuerte abrazo de tu grande y grato amigo.
Ernesto Giménez Caballero

P.D. / Mi mujer y mi pequeña se marchan a… y yo pienso irme con la mayor en agosto, si no me mandan cosa alguna. Iré a ver cómo arraiga la revolución sobre ese reblandecido continente.


Publicado en el suplemento DOMINGO de La Nueva España (Oviedo), 13 de mayo de 1990, pp. XII-XIII
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