viernes, 29 de octubre de 2010

Melquíades Álvarez. Discursos parlamentarios.

PRESENTACIÓN EN EL CONGRESO DE LOS DIPUTADOS
(Madrid, 22 de abril de 2009)

Me emociona, como bisnieto, volver a escuchar el nombre y las palabras de Melquíades Álvarez en sede del Congreso de los Diputados; en nombre de toda la familia doy las gracias al Presidente de la Cámara por la generosidad de acoger la presentación de este libro que recoge los discursos completos de D. Melquíades, y que tiene un valor incuestionable para todo estudioso que trata de abrirse camino por el complejo y azaroso sendero de la política española; en unos años que fueron determinantes para tratar de comprender por qué no fue posible evitar nuestra contienda civil.


Voy a hablar aquí desde la voz de la sangre, desde esos intimísimos y complejos resortes de la herencia. Nació Melquíades Álvarez en Gijón, en 1864, en el seno de una muy humilde familia. Tuvo una infancia difícil: contaba con 14 años, cuando terminaba el bachillerato, y moría su padre, hecho que agravó aún más la pobreza familiar. La madre tuvo que trasladar la residencia a Oviedo para abrir una casa de huéspedes con la que subsistir precariamente y en la que Melquíades, como el mayor que era de los cuatro hermanos, contribuía como sirviente. Ya en su madurez reconocería: “Estoy trabajando siempre. Desde que tengo uso de razón no he pasado un solo día de holganza”.

 Mientras cursaba estudios en la Facultad de Derecho, daba lecciones a precios misérrimos y colaboraba con algunos periódicos para obtener unos ingresos necesarios para la subsistencia familiar. El tono exaltado de sus escritos le acarreó algunos contratiempos: mal alimentado y peor trajeado, nadie hubiese creído hallarse ante un hombre con mentalidad ya formada. En cierta ocasión, la represión judicial contra el periodismo republicano hizo que fuera citado por el juez el responsable de la edición. Al presentarse Melquíades declarándose autor de los artículos, el magistrado contemplando su extraordinaria juventud, no pudo contener su indignación, exclamando: "Vaya, vaya... ¡Ya tenemos aquí al hombre de paja!".


Viendo el humilde nacimiento de D. Melquíades, que había vivido una infancia rayana en la indigencia, en aquella Asturias en la que el caciquismo imperante tenía sumido al pueblo en una pobreza desoladora, no es de extrañar que dedicara su vida política a la lucha contra los poderes caciquiles que tenían oprimidas a las clases más humildes, y que hiciera de la educación la piedra angular de su política, -en palabras suyas- “al establecerse la democracia, urge por interés de su existencia, llevar los beneficios de la enseñanza a todas partes, ya que en el pueblo se forma la voluntad soberana de donde surge a la postre cuanto a la vida política trasciende. Solo entonces podremos tener fe en que la libertad se consolide y arraigue...” (12-12-1903).

Precisamente, una constante en los discursos que hoy presentamos fue la defensa a ultranza de las libertades que debe conquistar todo pueblo democrático, como son: la libertad de pensamiento, la libertad de enseñanza, la libertad de conciencia... Sus correligionarios le llamaban “el apóstol de la libertad”, tal era su incansable lucha por preservar y garantizar los derechos de los ciudadanos. Muchas de las grandes conquistas de estos derechos, que hoy tenemos por fortuna reconocidos en nuestra Constitución, se forjaron aquellos años. Dirá D. Melquíades en sede parlamentaria: “Yo he creído siempre que la libertad era de las pocas esencias divinas que existen en el mundo, que no puede quebrantarse, ni mutilarse, ni modificarse. Sin la libertad no pueden vivir los hombres; sin la libertad los Estados perecen”. Así “el gobierno del pueblo”, inspirado en los ideales de justicia y libertad, constituía para él la encarnación suprema y legítima de la democracia misma.

En estos discursos queda también constancia la lucha titánica que mantuvo este David  -que fue Melquíades Álvarez-  contra un poderoso Goliat, o sistema monolítico. Melquíades Álvarez trató de abrir una tercera vía a través del Partido Reformista por él liderado y conseguir así una armonía social que tratase de aunar un compromiso entre contrarios, una fórmula equitativa de neutralizar la lucha de clases, una cesión mutua en aras de un porvenir mejor. En varias ocasiones le fue ofrecida una cartera ministerial, que rehusó obedeciendo a dictados de su conciencia. “¿Por qué? –seguimos sus palabras- Porque creía que no era mi tiempo, que yo no iba entonces al Gobierno a cumplir con mi deber, sino a vestir la casaca ministerial sin prestar ningún servicio al país y que pasaría por el banco azul, como han pasado tantos otros, envolviéndome inmediatamente, si no el menosprecio, por lo menos el fracaso” [...] “Yo veo el Gobierno como un lugar de sacrificio para cumplir lo que se ha ofrecido al país, para ser consecuente con las promesas que han salido constantemente de mis labios, para realizar en bien de todos una profunda y renovadora obra democrática”. (27-1-1920).


¿Fracasó Melquíades Álvarez en su intento de abrir esa tercera vía de armonía social? Sin duda. Ahora bien, su sacrificio y su simiente han fertilizado, y las ideas que él propagó y por las que luchó infatigablemente hasta el trágico fin de sus días,  han tomado cuerpo con  paso del tiempo. Son las que han recogido los hombres de hoy. Se han cumplido treinta años desde la aprobación de nuestra Carta Magna en 1978. Cuando felizmente están asentadas las bases que nuestra Constitución establece, se hace necesario recordar que la misma no nació huérfana, sino que es heredera directa de una estirpe de políticos que, como D. Melquíades, dedicaron su carrera, incluso hasta dar su vida, por unos ideales que todos, sin distinción, asumimos hoy como básicos y elementales en nuestra sociedad.

Finalmente, quiero expresar en mi nombre y en el de José Antonio García y Miguel Ángel Villanueva, coautores de la obra, nuestra deuda de gratitud hacia todos los presentes en esta mesa, tanto por su implicación personal en este proyecto, como hacia las instituciones que representan. Agradecimientos que también debemos extender al personal del Archivo y Biblioteca del Congreso de los Diputados, y a su director, Mateo Macía, por todas las facilidades y colaboración prestada todos estos meses en la realización de esta obra, sin cuyo concurso esta obra sencillamente no podría haber existido.

Y, finalizo mi intervención con unas palabras que pronunció Melquíades Álvarez entre estas mismas paredes del Congreso en 1919 y que resultaron ser proféticas de su trágica muerte en agosto de 1936: “La política no es ni una ciencia, ni un arte; es una virtud, en la cual el hombre público tiene que sacrificarlo todo, incluso la vida, en aras de un solo ideal, que es el ideal de la justicia” (3-7-1919).

Muchas gracias.  
                                                                                
Manuel Álvarez-Buylla Ballesteros,
bisnieto de Melquíades Álvarez

© Todos los derechos reservados

viernes, 1 de octubre de 2010

La muerte, espejo de la historia *

 
Cementerio de Luarca (Asturias)

=======================================================
MUERTE E IDEOLOGÍA EN LA ASTURIAS DEL SIGLO XIX
Julio Antonio Vaquero Iglesias
Ed. Siglo Veintiuno. Madrid. 1991
418 Págs.
=======================================================

Jesús Mella
Ocurre cada vez con más frecuencia que el título de los libros no se corresponde con su contenido. En algunos casos, porque los títulos  -por pretenciosos-  abarcan un campo más amplio que el que realmente luego trata la obra; en otros, porque el autor, más preocupado por encontrar uno sugerente que atraiga al lector que por la precisión, no traduce en él la esencia de su escrito. No es éste el caso del libro que nos ocupa. Muerte e ideología en la Asturias del siglo XIX es un título que expresa con bastante exactitud la tesis central que se desarrolla en sus páginas; pero lo cierto es que esa justeza enmascara también la gran riqueza de datos e interpretaciones que contiene esta obra sobre aspectos generales de la historia social de la Asturias del XIX. Como se demuestra en el libro, la muerte es, sin duda en ese siglo, un gran espejo en el que se reflejan algunos de los más importantes elementos del proceso histórico.
Las actitudes colectivas ante la muerte han sido  -son todavía-  uno de los objetos de estudio a los que mayor atención se ha prestado por la historia de las mentalidades desde que en los años setenta en Francia empezó a desarrollarse dicha tendencia historiográfica. Michel Vovelle, con su Piedad barroca y descristianización en Provenza durante el siglo XVIII (1973), no sólo fue el pionero en el análisis histórico de las actitudes Ante la muerte  -aunque ya existía un precedente de gran calidad en esa clase de estudio, como era la obra de Tenenti-  sino que además fue el diseñador de una metodología para su investigación a partir de los testamentos, la cual sigue hoy teniendo continuadores en la historiografía española y europea.
Sin embargo, los planteamientos desde los que el mencionado historiador francés abordó el análisis de las actitudes ante la muerte, y aún más aquellos con que se trataron los otros objetos de conocimiento histórico que estudió la historia de las mentalidades, fueron acogidos con una actitud crítica por numerosos historiadores. La falta de fundamentación teórica clara, de la que adolecían los trabajos de investigación sobre mentalidades, impedía la integración de sus hallazgos dentro de la totalidad del proceso histórico y convertía a muchos de ellos en estudios sobre temas irrelevantes o, todo lo más, en análisis descriptivos que, para algunos de esos críticos, hacían de la historia de las mentalidades una historia light que ocultaba las estructuras de dominación y subordinación y los fundamentos de la conflictividad social que tales relaciones originan.
Es en ese contexto historiográfico en el que debe situarse y valorarse la obra que comentamos. Vaquero Iglesias deja a un lado la óptica vovelliana para centrarse en el análisis de las implicaciones ideológicas del discurso eclesial sobre la muerte, así como los usos concretos que en el siglo pasado se hizo del mismo desde los púlpitos asturianos, y pasa a establecer después cuál fue la recepción que en los diferentes medios sociales de la región se hizo de ese discurso, reconstruyendo a través de los datos de los testamentos y otras fuentes variadas su práctica ritual funeraria. El proceso de instalación de los cementerios en Asturias, los conflictos surgidos en la segunda mitad del siglo con motivo del establecimiento de los cementerios civiles y el análisis del contenido y uso del discurso y el gesto de la caridad tradicional como elemento básico de las concepción de la muerte son otros de los asuntos que se tratan en esa obra.
El resultado del análisis de todos estos temas es un cuadro complejo y muy matizado, del que sólo podemos referir aquí algunos aspectos.
El discurso eclesial sobre la muerte, polarizado sobre el momento de la muerte y el más allá, constituye un componente esencial de la visión del mundo del catolicismo tradicional y la Iglesia le atribuye además una eficacia pastoral de primer orden como instrumento movilizador de las conciencias y las conductas de los fieles, lo que le confiere una virtualidad ideológica. Además, ese discurso genera  -cuando la recepción del mismo es positiva, como ocurría en el antiguo régimen-  una demanda de un profuso ritual funerario con el que se pretende buscar efectos intercesores para la hora de la muerte y sufragantes cara a las terribles penas de ese “infierno a tiempo parcial”  -como le denomina el autor con una chispa de humor-  que se entendía era el Purgatorio, y a través del cual  -del ritual-  se expresan también las diferencias de rango y prestigio social.
Vaquero Iglesias, a partir de esas premisas, demuestra consistentemente que a lo largo del siglo XIX el contenido de ese discurso sobre la muerte apenas varía, pero que su uso pastoral es ya más complejo, utilizándose primordialmente en combatir el liberalismo. El análisis de los usos concretos que se hacen de ese discurso permite al autor trazar a grandes rasgos cómo se vivió por la iglesia asturiana ese enfrentamiento y ese estudio constituye, sin duda, una de las aportaciones de gran interés de esta obra.
Por otra parte, el análisis de los elementos rituales demandados por los testadores le permite concluir que la recepción del discurso eclesial sobre la muerte ya no es unánime en el medio social asturiano y que, por tanto, entre las capas urbanas ligadas al comercio y las profesiones liberales en las cuales ya no es de recibo, la eficacia ideológica del mismo deja de ser importante. Pero esa recepción sigue siendo positiva de manera dominante en los medios campesinos de la región.
Las páginas que se dedican a estudiar  -a la luz de los datos aportados por los testamentos-  las noticias sobre el ritual y las creencias sobre la muerte aportan las obras de los folcloristas y la literatura popular son de gran interés y saben a poco. Quizás debería habérseles dedicado mayor extensión por la novedad que supone su análisis.
La recepción ambigua que en eso medios campesinos se hace del discurso eclesial sobre la muerte se demuestra convincentemente por el autor. Con el discurso eclesial aparecen entremezclados  elementos de otras creencias sobre la muerte  -como la muerte-renacimiento y los muertos dobles-  que no son,  como creían los folcloristas del siglo pasado, vestigios residuales sino elementos rituales activos que ejercen en la comunidad campesina funciones sociales de gran importancia para su estabilidad y funcionamiento correcto, y que desbordan lo que es el objeto principal de este libro: el análisis de la función ideológica del discurso y ritual funerario.

El entierro (Nicanor Piñole)
En resumen, Muerte e ideología en la Asturias del siglo XIX es un trabajo sólido, escrito por un investigador maduro, que merece no sólo ocupar un lugar destacado en la historiografía regional, sino el que sea conocido por todos los historiadores e interesados en este tema por la novedad metodológica que aporta.

* Publicado en el suplemento CULTURA (nº 138) de La Nueva España (Oviedo), 27 de septiembre de 1991, p. 39.

Del sueño de un imperio cristiano al ideal bolivariano*


El imperialismo español
y la imagen política
Anthony Pagden
Ed. Planeta. Barcelona. 1991
253 páginas. 1.500 pesetas


Jesús Mella
En ocasiones sorprende  -y gratamente-  la aparición de un libro como el que presentamos en una colección (Memoria de la Historia) dirigida expresamente al gran público y que solamente pretende recrearse a partir de personajes y hechos históricos, bien presentados de forma autobiográfica o bien episódicamente. Es decir, la historia como una novela, donde escritores de prestigio dan rienda suelta a percepciones y juicios que poco o nada tiene que ver con el rigor que exige el trabajo de historiador. Por el contrario, y de forma excepcional, El Imperialismo español y la imaginación política es una obra seria y sugestiva, apoyada en una amplia y cuidada base crítica, con puntos de vista atrayentes y valoraciones para el debate.
El autor, miembro de la junta de gobierno del King´s College y profesor de Historia Moderna de la Universidad de Cambridge, obtuvo el Herbert Eugene Bolton Memorial Prize de 1983 por The fall of natural man. The American Indian the origins of comparative ethnology, habiendo editado y traducido con éxito las Cartas de Méjico de Hernán Cortés.
Desde siempre, los siglos de dominio hispano y la acción de España en América atrajeron apasionadamente la curiosidad de los historiadores e investigadores anglosajones, llegando a constituir sus aportaciones  -por número y calidad-  un capítulo esencial en la historiografía hispanista. En esta ocasión, Anthony Pagden desarrolla bajo un ajustado título seis ensayos suyos  alguno de ellos leído o publicado parcialmente con anterioridad-, que convenientemente corregidos y ampliados, tras la consulta en bibliotecas de Italia y España, traza una perspectiva coherente de cómo a lo largo de res siglos fue pensado e imaginado el imperialismo hispano. Una lograda síntesis a la vez que una interpretación, singular en ocasiones, de una monarquía española que abre y cierra un ciclo histórico.
Y decimos singular por no decir arriesgada, pues Pagden señala que nunca hubo en la práctica un “Imperio Español” entendido como tal, a pesar de que reconoce que su estructura administrativa era de corte imperial, sino que lo que se dio desde el comienzo fue una confederación de principados  -en referencia a los territorios europeos-  reunidos sólo por la obediencia a un monarca común, siendo los territorios de América reinos integrados en la corona de Castilla y no colonias.
Anthony Pagden
Sin duda, el Imperio español  -o como quiera calificarse-  se convirtió en una forma especial de gobierno durante casi tres siglos y ello hizo que fuera la comunidad política más estudiada de Europa después de Venecia. Pagden se ocupa de la imagen que de él tuvieron los europeos del Sur  -la Italia española-  y los súbditos americanos, desde la grandeza del siglo XVI hasta el marasmo de fines del XVIII y principios del XIX o, lo que es lo mismo, desde la idea de la  monarquía universal a la de un régimen déspota, antítesis de las nuevas sociedades comerciales que habían de dominar el mundo entero. Imagen del Imperio que, para el autor, no cambió porque cambiara el propio Imperio, sino por haber dejado de hacerlo, por lo que llegó a representar a lo largo de trescientos años, tanto para los que estaban bajo su protección como para los que no lo estaban.
En el primer capítulo analiza los debates  -hecho sin igual en la historia de la colonización europea-  sobre la legitimidad del Imperio y la conquista de América, y su lugar dentro del nuevo imperialismo hispánico marcado por una fuerte tradición de aislacionismo.
Pasa luego a examinar el cambio en la respuesta al gobierno español en las más refinadas posesiones europeas de España: los estados italianos. Desde el proyecto amplio y atrevido de una monarquía española universal del filósofo y teórico político napolitano Tommaso Campanella, hasta la crítica de la corrupción y el despotismo español  -que habían llevado a la decadencia del Sur de Italia-  hecha por los ilustrados italianos: los economistas políticos o “filósofos comerciales” Doria y Genovesi, y el jurista Filangieri.


En los últimos capítulos  -a modo de prolongación del modernismo europeo-estudia el desarrollo de dos posturas ideológicas diferentes de independencia en la América española. Una, que fusionaba características políticas españolas e indias (patriotismo criollo) y que argumentaban Carlos de Sigüenza y Góngora, Francisco Javier Clavijero y Juna Pablo Vizcardo, y otra, más radical, inspirada  -como las críticas de los italianos-  en los ideales clásicos del republicanismo virtuoso y la sociedad “bien ordenada” y por la que apostaba Simón Bolívar, según razona el autor.
En fin, un análisis importante de la gran influencia de la España imperial en la Historia europea moderna y de la evolución de la imagen política que el imperialismo español tuvo a lo largo de trescientos años, principalmente entre pensadores y visionarios que, aun estando bajo su administración en muchos casos, criticaban a sus gobernantes castellanos, todavía aferrados a ideas de grandeza militar y al código del honor.
* Publicado en el suplemento CULTURA del diario La Nueva España (Oviedo), 24 de enero de 1992, p. 48

jueves, 30 de septiembre de 2010

Ernesto Giménez Caballero: Un genial improcedente *

         
Retrato por David Padilla
 
El profeta del fascismo español
Jesús Mella
Mañana, día 14 de mayo, se cumplen dos años del fallecimiento en Madrid del profeta del fascismo español, prolífico escritor y diplomático, Ernesto Giménez Caballero. El fundador de La Gaceta Literaria descansa en el cementerio de San isidro, al lado de Azorín, otro nieto del 98. Ya en sus descuidadas Memorias (1979) Giménez Caballero se proponía a sí mismo tres posibles tumbas: Cuelgamuros, Asunción (Paraguay) o su panteón isidrense, al lado del Manzanares. “Mi tumba isidrense significaría para mí donde nací”. A su sepelio asistió una veintena de personas, entre las que se encontraban familiares, amigos y algún pintoresco allegado. Su nieto, de mismo nombre, recordó a su abuelo como un autor contradictorio, destacando la frase con que un día le definió Franco: “Es un genial improcedente”.
La muerte literaria de Giménez Caballero había tenido lugar con mucha anticipación de años. Según cuenta Dionisio Ridruejo, ya no estaba en los altares antes del 36. Y es que los escritos de Giménez Caballero empezaron a perder interés a partir de 1933 (La Nueva Catolicidad) y sobre todo en la época de guerra y postguerra, en la que la mayor parte de sus publicaciones fueron opúsculos de apología delirada. Hasta el propio grupo cultural de la Falange, dirigido por Arrese, rechazaba su pretendido magisterio. También estaba mal visto en los sectores tradicionales por su calidad de ex enfant terrible. El nacionalcatolicismo también fue arrinconando las viejas maneras, los viejos sueños.
En los días triunfales, quien propuso crear las fiestas de la Victoria y el 18 de julio, acompañó a Franco en sus viajes por Cataluña, Andalucía y Portugal. Consejero de  Educación, enseñó en su querido Cisneros, en la Facultad de Letras y la Escuela de Periodismo. Siguió siendo consejero nacional, era procurador en Cortes, y en 1949 volvió a Estrasburgo  -había sido lector de español en su Universidad a comienzos de los años veinte-  en calidad de observador oficioso, para asistir a la inauguración del Consejo de Europa.
Visitaba campos de concentración, arengaba a los prisioneros, y mientras la contienda mundial fue favorable al Eje se convirtió en su condecorado y fiel vocero. Incluso, intentó alistarse en la División Azul. Visitó Italia y Alemania (1941), en donde gozó del favor de Goebbels, a quien expresó sus más absurdas propuestas a fin de restaurar el Imperio Hispano-austríaco: ¡Conquistar a los jesuitas para la causa nazi y casar a Pilar Primo de Rivera con Hitler!
Un exaltado
Sus artículos en la Revista de Estudios Políticos, en Arte y Ensayo, en La Estafeta Literaria, en Vértice y en otras revistas y periódicos, eran exultantes y exaltados.
Amor a Cataluña (1942), discurso fascista anticatalán inició una larga serie de libros similares, siendo el más importante. Un curioso opúsculo referente a nuestra región, Afirmaciones sobre Asturias (1945), lo dedicó a Nenuca Franco y Polo. En la primera parte realiza una “revisión militante de España” e intenta buscar el significado español de Asturias, concluyendo que “Asturias es la montaña: puesta por dios allí como guía caudillal de nuestro destino. Para salvar siempre a España”, y en la segunda nos presenta, en su centenario, un Jovellanos reaccionario -rescatado del “más desolado siglo de nuestra historia: el XVIII”-  efectuando un peculiar análisis del Mensaje a Ernesto, para intentar terminar con el “falso mito de una  Asturias como soviética a lo largo de los años”.
Recorrió la península con su pluma y su palabra, pero ya sin adhesiones y desengañado. “Estamos contra nuestro padres, al lado de nuestros abuelos”. Giménez Caballero miraba hacia américa. La “neutralizada España” había sido entregada a “los vecinos de nuestro vecinos”, se deshispanizaba.
Puede decirse que después de 1945, tras haber colaborado en la propaganda franquista, fue condenado por su carácter contradictorio y su apuesta por la obra de vanguardia. Su efectivo ostracismo político comenzó tras publicar un artículo (primavera del 43) sobre la matanza de Katyn, que incordió al Ministerio de Asuntos Exteriores y llegó a poner difíciles las relaciones con los aliados. En marzo de 1947 Franco anunciaba la ley de Sucesión. Para un furibundo opositor a la restauración monárquica, aquello era un ladrillazo. “Habíamos ganado la guerra y estábamos perdiendo la victoria”.
En un futurista prólogo a su obra Don Ernesto o el Procurador del Pueblo en las Cortes Españolas (1947) se decía a sí mismo que “desde 1942 en el ánimo de don Ernesto se inició una evidente crisis” y, al final del libro, expresaba su voluntad de ir al nuevo continente. Se preguntaba: “¿Qué pasa en América?” y se respondía: “Qué en américa empieza, ¡por fin! A amanecer…”. Es la época de la tertulia en el Café de Levante, desde la que iniciará la reivindicación de los libertadores hispanoamericanos.
*     *     *
Un documento inédito
De aquella época es la interesante carta inédita, significativa de su situación, que damos hoy a conocer. Está dirigida a Ruiz-Giménez, hombre de máxima confianza de Martín Artajo, encargado del Monasterio de Asuntos Exteriores. En ella reitera su deseo de ir a América y culpa de sus males en España a la… ¡Masonería!, preocupación obsesiva del régimen.
Ruiz Giménez en Tarragona (1953)

Madrid, 1 de julio de 1947
Excmo. Sr. D. Joaquín Ruiz-Giménez
Madrid

Querido Joaquín:
He recibido tu cariñosa carta en la que me esperas e invitas a verte. Pero como lo que debo decirte quisiera fuese con calma y ésa no la disfrutas entre urgencias y teléfonos, prefiero depositar por escrito estas palabras, no sólo para que tú las leas sino para que puedas dar de ellas conocimiento  -si lo crees oportuno-  a tus superiores que son los míos.
Dejemos ahora lo de mi filme sobre Cervantes en su calvario dolorosamente cervantino y vengamos a mi posibilidad de ir a América en esta coyuntura cada vez más favorable a España.
Me dices que necesito ser invitado desde allí. Si en eso reside la dificultad pronto recibiré invitaciones de Chile, Nicaragua, México y Argentina. Yo no dudo de América. De lo que dudo es de España. De que España -concretamente este régimen-me ofrezca algo con que premiar mis pasados servicios a él (que no he de pasar cuenta, como hacen tantas almas vulgares) sino por los grandes servicios, y grandes, que aún puedo prestarle y precisamente en América. Tú sabes perfectamente que desde 1928 en que lancé los primeros gérmenes espirituales de nuestro Movimiento yo no he dejado un instante de darle toda mi fe y en casos que conoces: mi hacienda y mi vida. Con un signo católico tan desde origen que está impreso en mi Genio de España (1932) y reconocido por la Iglesia. Hasta el punto que por ello tuve serias discrepancias con la Falange en una polémica famosa en torno al pobre Laborda (que en paz descanse). Tras La Conquista del Estado y las JONS hice la Unificación con FE y tas ésta, con los tradicionalistas. (Pregúntaselo a Serrano Súñer si se me debe algo en este sentido). Con mi pluma  -desde el famoso libro sobre Azaña hasta este Procurador del Pueblo que saca EPESA-  he venido justificando la figura del Caudillo dándola el único sustentáculo espiritual, serio e histórico de nuestro actual pensamiento político. He hecho la guerra como militar. He hecho una obra literaria, pedagógica y política como quizá ningún otro de mi generación. N tenía el gran Maeztu  -mi maestro-  tanto bagaje cuando don Miguel Primo de Rivera, providente y generosamente, le hizo embajador en Argentina para que así lograse su Defensa de la Hispanidad. La República honró a sus hombres con cargos y funciones, sin que esos hombres muchas veces se lo merecieran. Claro que este régimen ha sabido honrar por ejemplo a espíritus como el de Alfaro o el marqués de Valdavia. Pero yo sólo he de ocuparme ahora de mi propio Memorial y no del de los demás, en este país de memoriales, donde todo se olvida. Este régimen, salvo mi antigua Conserjería [sic] Nacional y ahora mi Procuraduría, no me ha concedido nada. No sólo eso, sino que ha permitido que se me insulte públicamente y ha evitado mi defensa, no obstante las últimas palabras del Caudillo de que no tolerará difamaciones ni injurias. ¿Es que el Caudillo no me estima? Tengo pruebas de que me quiere. Directas e indirectas. Y razones tendrá para ello. Y ¿entonces qué hay detrás de mí siempre? ¿Y la Iglesia? Tengo la bendición particular de Su Santidad y altísimas amistades que me honran benditamente por reconocer a cuantas mentes intelectuales descarriadas he dado sano ejemplo. ¿El Ejército? Soy su cantor y el que arrastró con más fuerza a las juventudes pacifistas y liberales al ideal guerrero. ¿La Falange? Se me tiene por haber iniciado el falangismo y ser su apóstol. ¿Los anglosajones? Hace poco en Pontevedra Mr. Starkie dijo públicamente que había sido yo un valiente por mi Carta a lord Holland y se me ofreció y se me ofreció para lo que gustase de Inglaterra. Norteamérica sabe que soy de los pocos españoles actuales que he merecido un estudio de sus universidades y en cuanto quisiera reanudaría mi colaboración en sus revistas interrumpida por la guerra.
Sólo cabe pensar en la verdad: la Masonería. Cuya influencia en España cada vez es más decisiva. ¿Tendré que recurrir a Israel  -que estudié y recorrí profundamente-  para que me auxilie en un país que se dice católico?
Yo sé que iré a América, a esa América donde hay grupos de jóvenes como me acaba de decir Foxá, por ejemplo en Colombia, que tiene de texto mi Genio de España. Pero ¿tendré que ir de emigrante? Porque si nuestro Estado me manda ha de ser con la dignidad que corresponde a un fundador suyo como soy yo y no de los menos eficaces. Tengo en mi vista la carta de Serrano Súñer a raíz de formarse el Gobierno de Burgos tras el Secretariado Político del que formé parte: “Aquí tiene usted lugar. Si no se le ha llamado ya ha sido porque en conversaciones con quién está más alto se creyó conveniente llevarle a la representación exterior”. Entonces no me interesaba tanto. Tenía que hacer cuanto hice que fue mucho, más de lo que puedes figurarte. Ahora sí mi interesa. Por razones funcionales, eficaces, hispánidas. Y hasta familiares. Sabes que tengo una aureola en nuestra América entre las nuevas promociones. Sabes que muchos exiliados antiguos, antiguos profesores o compañeros míos, me respetan y siguen leyendo. Que sé hablar con ímpetu y precisión a masas y minorías. Y escribir para ambas. Que he cuajado desde hace en los pocos europeos de exportación en nuestra tosca Iberia. Que mi hija mayor, que habla cinco lenguas, va a ser una de las primeras licenciadas de la rama de América. Que mi discreción y disciplina ha sido y es absoluta de alma religiosa y militante. ¿Qué se opone  -pues-  contra mí? Yo no veo más que una fuerza secreta más fuerte que nuestra católica. Y adivino  -conozco-  además sus representantes más o menos directos aquí, sus nexos y enlaces y sus actuaciones, dando el pase a fulano y mengano. ¿Es que será preciso pedirles ese pase?
Yo no renunciaría a ese viaje que creo decisivo en mis servicios de español si aquí se me utilizase en algo más que seguir limpiando mocosuelos de Bachillerato. Pero veo que ni en la Universidad, ni la Academia, ni tu Instituto ni el de Cultura Hispánica, ni la prensa me llaman para nada.
Las cosas hay que plantearlas así. Y resolverlas. Y si no se resuelven, tirar por otro lado directamente.
Un fuerte abrazo de tu grande y grato amigo.
Ernesto Giménez Caballero

P.D. / Mi mujer y mi pequeña se marchan a… y yo pienso irme con la mayor en agosto, si no me mandan cosa alguna. Iré a ver cómo arraiga la revolución sobre ese reblandecido continente.
* Publicado en el suplemento DOMINGO de La Nueva España (Oviedo), 13 de mayo de 1990, pp. XII-XIII

© Todos los derechos reservados


Ernesto Giménez Caballero, “GC” (1899-1988), entrevistado en A FONDO en 1977 por Joaquín Soler Serrano

miércoles, 29 de septiembre de 2010

España en Indias: luces y sombras *

====================================
LA LEYENDA NEGRA
Miguel Molina Martínez
Ed. Nerea. Madrid.1991. 317 pp.
==============================================

Jesús Mella
Si cinco eran las Reflexiones imparciales sobre la acción de España en América a las que reducía su obra el abate Juan Nuix  -en época de Carlos III-  para ilustrar las exageraciones de Robertson y Raynal relativas a los conquistadores españoles, cinco son también los capítulos en los que el profesor titular de Historia de América de la Universidad de Granada, Miguel Molina, revisa históricamente, a las luz de las últimas investigaciones y controversias de americanistas españoles y extranjeros, la etapa colonial española.
Si el abate Nuix dirigía su obra contra los pretendidos Filósofos y Políticos; Molina, con una óptica rigurosa en los planteamientos y una exposición desapasionada de los juicios contrapuestos que el tema vuelve a suscitar a ambos lados del Atlántico con motivo del Quinto Centenario, desenmaraña mitos y leyendas y pone en su sitio a los apologistas de un signo y otro que se apasionan  -en muchas ocasiones sin rigor científico-  por la Historia de América como simple pretexto para fines interesados, generalmente hipotecas ideológicas.
El libro, no dirigido exclusivamente a formados en el tema, es ameno de principio a fin y oportuno porque sitúa en sus justos términos los asuntos más candentes y polémicos que en los diferentes sectores ha despertado 1992 como fecha conmemorativa. El autor, en un ejercicio de honradez intelectual, se distancia de unos y otros con el objetivo de proporcionar al lector un punto de partida para acercarse a las cuestiones controvertidas, persuadido de que tanto la leyenda negra como la leyenda rosa son una verdad a medias.
En el primer capítulo traza un bosquejo de la evolución de la leyenda negra y sus estudios recriminatorios, con especial referencia a su vertiente americana, destacando la carga ideológica que subyace en el fenómeno y cómo fácilmente puede ser utilizado con fines partidistas. En el segundo selecciona tres aspectos polémicos  -la conquista, la evangelización y la caída demográfica-  desde sus diversos enfoques historiográficos para que el lector tome conciencia de la complejidad inherente a cada uno de ellos, de sus diferentes interpretaciones y de su facilidad para reactivar disputas legendarias. La misma pretensión persigue en el tercer capítulo, en el que aborda otro frente de batalla tradicional: el concepto de indio y su evolución hasta las autodefiniciones actuales que con un matiz reivindicativo los propios indígenas nos ofrecen (indigenismos colonial. Republicano, moderno e indianismo). En el cuarto se ha ce eco de la disputa terminológica que en diversos ámbitos viene enfrentando a los partidarios de una y otra etiqueta en el intento de definir apropiadamente el significado histórico de la mítica fecha de 1492. En el último  -epilogal-  recapitula lo esencial, rechazando las posturas simplistas, la descalificación apriorística y el panegírico altisonante  -y por tanto la leyenda negra-  recomendando una mejor difusión y divulgación de los trabajos históricos para desarraigar los tópicos y deseando que la efemérides próxima sirva al menos para la reflexión y el análisis autocrítico de un proceso trascendental que comenzó hace medio milenio.
No menos importante que la parte ensayística es la selección de textos que a modo de apéndice ocupa la mitad del libro y facilita la lectura directa de autores representativos y temas que Miguel Molina desarrolla: Revisión de la leyenda negra (Keen, Hanke), sus orígenes (Las casas, Paulo III, Sepúlveda), la visión desde el siglo XX (Juderías, Carbia, Powell, Madariaga, Gibson, O. Paz, Uslar Pietri) y el sentimiento indígena (manifiestos de diversas organizaciones). Una sugerente bibliografía de carácter orientador cierra esta obra, que por su oportunidad, rigor y claridad es, sin duda, una conveniente brújula frente a maniqueísmos, demagogias, retóricas, parafernalias y pretextos de todo tipo que hoy más que nunca suscitan.

*  Publicado en el suplemento Cultura (La Nueva España), Oviedo, 17 de mayo de 1991, p. 51
© Todos los derechos reservados

domingo, 26 de septiembre de 2010

El amargo sabor del azúcar



 
 
 
Sarah Álvarez de Miranda
El amargo sabor del azúcar. Recuerdos de Cuba (1956-1960)
BIBLIOTECA NUEVA
Madrid, 2010, 96 pp.
12 Euros

 
Índice

- Introducción
- 1956. Mi nueva familia cubana
- Levantando la piel del país
- Tensiones e ilusiones
- 1957. Dejando volar los recuerdos
- 1958. Tambores en la Sierra
- 1959. La Parusía
- Lo que va quedando en la orilla
- 1960. El lobo del azúcar
- En el jardín de las orquídeas
- Fiesta en el Country
- Con el alma deshabitada
- La eterna mutabilidad de la existencia

 *     *     *    

Retrato de la autora por Juan Mirasierras
(Portada de Gran Mundo, septiembre 1956)
En El amargo sabor del azúcar, Sarah Álvarez de Miranda nos muestra, como en sus obras anteriores, una versión lúcida de los hechos que ha vivido. En este caso, se trata de sus experiencias en La Habana que precedió  a la Revolución castrista, a la que había llegado, según sus propias palabras, "cuando un sí matrimonial me llevó a ella como nos lleva el viento del destino, hojas nosotros mismos en el gran árbol de la vida". Relata cómo la revolución se fraguó lenta pero inexorablemente a la sombra de una sociedad que sólo demasiado tarde se percataría de sus errores, que vivía lúdicamente en la periferia de las cosas, y en la cual los problemas menores cobraban visos de tragedia, como cuando dos damas acudieron  a la misma fiesta con idénticos vestidos...
Julio Lobo (1898-1983)  [Archivo familia Ryan Lobo]
Revisten especial interés los capítulos en que nos habla de su encuentro con Fidel y con el Che, o de su amistad con Julio Lobo, el rey del azúcar. Son datos frescos, llenos de vida, y no fósiles sacados asépticamente de las hemerotecas. También hay que destacar el cariño con que nos habla del pueblo llano, de su cubanía y su inmensa alegría de vivir, característica de la que también participaba la alta sociedad, en buena parte debido a la embriagadora geografía de la isla. A la tolerancia de los de arriba respondía el descaro de los de abajo, quitando hierro al antagonismo clasista.
Estamos ante un libro atípico y ante el cual es difícil quedar indiferente. Sarah Álvarez de Miranda nos deja ver como las cosas, los hechos tienen más de una mirada.


Julio Lobo
Videos época

Curiosa foto de Fidel Castro en aquella época. Nótese la mandíbula inferior desencajada
y la botella de Coca-Cola sobre la mesa  [Archivo Jesús Mella]