viernes, 5 de junio de 2015

Entre dos fuegos

Entre dos fuegos. Melquíades Álvarez y su familia
 
Sarah Álvarez de Miranda
Entre dos fuegos. Melquíades Álvarez y su familia.
Editorial Renacimiento
Valencina de la Concepción (Sevilla), junio de 2015
Colección Biblioteca de la Memoria (Serie menor, nº 27)
176 pp. + álbum fotográfico
16 €
ISBN: 978-84-16246-56-4

En esta biografía sobre Melquíades Álvarez, su nieta, Sarah Álvarez de Miranda trata de narrar tanto la azarosa vida del político, como la parte que les correspondió vivir a los familiares de este. En realidad es un trozo del espejo roto en que se convirtió la España de aquel entonces, un testimonio histórico en el que se refleja el destino de tantas familias atrapadas entre odios cegadores. Fue el resultado de un pueblo sin el menor vestigio de cultura, marchando siempre a la deriva sin pulso formativo.
Entre los personajes históricos que se tratan se encuentra una parte de los más conspicuos de la España de aquellos momentos. En el relato no se intenta ocultar sus verdaderos nombres, más bien al contrario, se exponen para que sea el lector quien saque sus propias conclusiones.
La autora, en su afán de no menoscabar la realidad, llega «forzándose a sí misma», a contarnos detalles de una intimidad dolorosa, pero precisa, según sus propias palabras, para que la verdad encaje sin fisuras en el entramado de esta historia.

ÍNDICE
PRÓLOGO. Por el canto de un duro, por Aquilino Duque.
ENTRE DOS FUEGOS: MELQUÍADES ÁLVAREZ Y SU FAMILIA
El amargo fruto de la política 
PRIMERA PARTE. A merced de mi memoria
SEGUNDA PARTE. En el centro de las pasiones
TERCERA PARTE.  Pasadas las emociones
Melquíades Álvarez como alternativa política
ÁLBUM FOTOGRÁFICO

 


Sarah Álvarez de Miranda nació en Madrid en 1932. Nieta de Melquíades Álvarez e hija de un artillero que murió en la Batalla del Ebro, lo que la marcará para siempre. «A mi abuelo y a mi padre los perdí muchas veces a lo largo de mi vida», dirá con frecuencia.
Educada por profesores particulares y pertrechada de una magnífica biblioteca, albergará un espíritu libre, original y valiente, que no permitirá que los demás piensen por ella.
Al casarse por primera vez en 1956, el destino la llevará a la isla de Cuba, cuyo fruto fue un interesante libro titulado El amargo sabor del azúcar. En 1975 vuelve a contraer nupcias, esta vez con un diplomático español, José Antonio Varela Dafonte, personaje muy particular dentro de la carrera, con el que recorrerá diversos países. En 1996 publicó una serie de cuentos (El vecino de Eaton Square) que cosecharon una excelente crítica, y más tarde otras narraciones bajo el nombre Los pasos del sueño (2006). Ha colaborado, además, en diversas revistas extranjeras y españolas.

El amargo fruto de la política

Yo no soy más que la coda en la estirpe de Melquíades Álvarez. Lo que aquí escribo es, en líneas generales lo que sé de su vida y entorno familiar a través de mi madre, que fue hija suya y que le tocó vivir en la intimidad de su hogar, es decir, de dentro a fuera. No pretendo otra cosa que hablar de nuestra particular verdad. No me invento nada de lo que aquí expongo, todo ello lo he escuchado de sus labios o de los de otros miembros de mi familia y nunca fueron comentados con la intención de exponerlos a los demás, por eso tienen la frescura de lo espontáneo, de lo que brota del recuerdo y se comenta en la intimidad sin otro propósito que recrear ese pasado tan azaroso que para nuestro bien o para nuestro mal nos tocó vivir y que no se detiene en una generación sino que como la onda expansiva de cualquier sonido, repercute en las siguientes, influyendo inexorablemente en ellas.

Mi propósito es tratar de que no se pierdan estas vivencias acaecidas en unos momentos tan cruciales de la historia de España y tratar con ello de arrojar un poco más de luz sobre esos años que a nadie ha convenido, ni en la cara ni en la cruz, mirar objetivamente y por eso el centro, el canto de la moneda, ha sido durante casi medio siglo borrado sin piedad, y con ello los hombres que tan generosamente lucharon y dedicaron su vida a buscar la tercera vía, la única que hubiera podido evitar la Guerra Civil.

Si me permito escribir esta historia en primera persona es con el propósito de acercar el personaje, es decir, mi madre, con más intimidad al lector. Tarea que no me ha sido difícil gracias a la gran confianza que nos unió y permitió que habláramos mirándonos a los ojos, incluso de los temas más íntimos, por espinosos que estos fueran.

Era una mujer singular, dueña de un atractivo tan fuerte que nadie que la conoció pudo quedar al margen de su poderosa personalidad. Su valor rayaba en la inconsciencia. Amaba el peligro, le atraía, y su generosidad, que fue inmensa, se desprendía de ella sin esfuerzo. Cometió errores, pero aunque parezca paradójico, fueron en su mayoría fruto de sus cualidades.

Así pues, todo cuanto aquí narro, personajes llamados por sus nombres, situaciones y lugares, es rigurosamente cierto. Aunque creo que no era necesaria esta aclaración porque la verdad tiene una fuerza que transciende más allá de la palabra.
El diplomático argentino Pérez Quesada y Matilde Álvarez, hija del tribuno gijonés

Se ha escrito mucho sobre nuestra Guerra Civil. Los mejores historiadores extranjeros se han sentido atraídos por ella y los más sagaces han calado en el problema, pero no en la esencia porque para ello no basta con acercarse al horror, hay que haberlo vivido dentro y también porque la mayoría de los españoles, más que sus ideas, defienden sus pasiones, por eso con demasiada frecuencia no han sido capaces de arreglar los problemas de España aunque sí de dar su vida por ella.

Sé que me expongo con este libro a criticas acerbas, tal vez hasta procedentes de amigos que quiero y que me importan. Aun así verá la luz porque, como toda gestación, tiene derecho a ello. A iluminar la existencia.

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[Quisiera agradecer la ayuda prestada al nacimiento y desarrollo de este libro. A Concha Muguiro y Ximénez de Sandoval, amiga desde la infancia, por haberme sugerido el poner sobre el papel la singular personalidad de mi madre. A mi cuñado Ricardo Donoso-Cortés y Mesonero-Romanos, marqués de Valdegamas, que extrajo de su extensa biblioteca documentos de gran interés para mí. A mi primo Ramón Argüelles y Álvarez, conde de Bustillo, por poner a mi disposición las memorias inéditas de su padre, imprescindibles para precisar datos y fechas. A mi amigo el historiador Jesús Mella, por sus constantes desvelos para que la parte histórica de este libro se ajustara con rigor a los hechos. A mi sobrino Manuel Álvarez-Buylla y Ballesteros, que investigó en los correspondientes archivos de la Causa General numerosos testimonios referentes a mi madre y a la Quinta Columna. Así como a mi primo Luis Arias y Argüelles-Meres, que puso en su día todo el empeño para que el manuscrito original viese la luz. Y a mi madre, quien fue desgranándome a lo largo de los años los hechos que aquí narro, sazonado siempre con su irónico sentido del humor, que empezaba aplicándose a sí misma; como demuestra una de sus boutades más chispeantes: “las mujeres tontas dicen tonterías y las inteligentes las cometen”.]

Sarah Álvarez de Miranda

 

Prólogo
Por el canto de un duro
Aquilino Duque

 En el curso de un viaje a Asturias cayó en mis manos un libro fascinante e insólito: Melquíades Álvarez, mi padre, cuya autora es en realidad una nieta de don Melquíades. En ese libro, que bien merece una película, se narra con todo lujo de detalles un episodio que yo me permití relatar de modo sumario e impreciso en La cruz de don Juan, semblanza del Conde Barcelona que aproveché para bosquejar mis “memorias políticas”.

Como quiera que mi relato, reproducción del que de viva voz me hizo el difunto hermano de la autora, está plagado de errores, no tengo más remedio que pedir disculpas y prometer subsanarlos. Por muy fidedigno que sea un dato o un recuerdo, siempre cabe un margen de rectificación. Por entonces me llamó un señor que figura en la lista de liquidados del reciente libro de César Vidal Checas de Madrid. Este señor pasó en efecto por varias checas pero vivió para contarlo. Se cuenta de un anciano arabista, sacerdote él, que luchaba por descifrar una palabra imposible, hasta que un joven alumno suyo, con mejor vista, descubrió que el problema estaba en que una mosca había dejado caer un regalito justo encima de una de las letras. Los que entraban en las famosas checas eran todos puestos en libertad después de ser “hábilmente estrechados a preguntas”, y en el oficio correspondiente se escribía a mano una L mayúscula. Si la L iba tal cual, significaba “liberación”, pero si iba seguida de un punto, quería decir “liquidación”. Es harto probable que junto a la L de mi amigo pasara con el tiempo una mosca con el avieso propósito de equivocar a un futuro investigador.

El relato a que yo me refiero es el de la evasión de la hija de don Melquíades con sus hijos del Madrid rojo. Mi primer error es decir que el automóvil de don Melquíades de que se incautó La Pasionaria era un Hispano, siendo así que era un Rolls Royce. El personaje clave para la evasión era en efecto un antiguo trapecista asturiano llamado Alfredo Álvarez, pero el apodo de Niño de las Bombas no le correspondía a él, sino a un lugarteniente suyo, que es probablemente a quien cazaron después de la guerra en una finca del conde de Mayalde. A Alfredo, apodado El Lobo, donde lo capturaron fue en San Sebastián, por donde andaba disfrazado de soldado del Ejército nacional. El tío Román no era hermano del padre de la autora, evadido también de Madrid y muerto heroicamente en la batalla del Ebro, sino primo segundo de la madre, y se apellidaba Argüelles. Este tío Román fue el que en efecto pactó con El Lobo la salida de Madrid de la familia, prodigiosa aventura que la autora del libro narra prodigiosamente. Con ellos salió además el capitán o comandante Fernández Castañeda, que había sido ayudante del general Miaja.
Este relato no es sólo un testimonio de primera mano de lo que fue el terror rojo en la “capital de la gloria” o “tumba del fascismo”, que es como en aquellos meses terribles de 1936 dieron en apellidar a la Villa y Corte sus heroicos defensores, sino que nos insinúa, sin edulcoraciones ni difuminados, lo que fue la labor de la Quinta Columna, según se desprende de los recuerdos personales de la protagonista y de los datos extraídos por la autora de la célebre y escalofriante Causa general. A primera vista, el libro parece escrito por la protagonista, que habla en primera persona, pero quien en realidad lo escribe es su hija, y a eso quiero achacar una descripción de la inmediata trasguerra y unas alusiones al Generalísimo enmarcadas en la más exquisita corrección política. Tanto es así, que el relato va precedido de una “exposición de motivos” titulada En el canto de la moneda, dado el propósito de imparcialidad de la autora. Esa imparcialidad es un lujo que sólo nos podemos permitir las personas de la generación a la que pertenecemos la autora y yo, que por razones de edad, no fuimos sujetos, sino objetos de la Historia y, en el mejor de los casos, testigos atónitos. Sin embargo, ella, en justo homenaje a su abuelo, rinde homenaje a ese afán que don Melquíades tuvo siempre de mantenerse “en el canto de la moneda” y proponer desde ese equilibrio difícil una alternativa al bipartidismo en crisis de la I Restauración. La persona en nombre de quien está escrito el libro fue en cambio sujeto de la Historia, y sujeto activísimo; fue una eficaz agente secreta que lo hubiera pasado mal si, por una feliz concatenación de circunstancias paradójicas, no sale a tiempo de la zona roja. Puede decirse que ella y sus hijos se salvaron por el canto de un duro, y ése sí que sería un buen título (Por el canto de un duro) para este relato que sólo se conocía en Asturias y ahora pone en Renacimiento como el NO-DO, “al alcance de todos los españoles”.
Tierra y Libertad, órgano de la FAI (13 febrero 1937, p. 5)

La verdad histórica parece por fin ir abriéndose camino y en ese camino es donde hay que situar este testimonio impagable que es además una emocionante novela de aventuras y un penetrante ensayo de psicología.

Nota: Este prólogo es –con ligeras variaciones-  el mismo texto que el escritor sevillano dedicó hace años a la primera edición del libro de  Sarah Álvarez de Miranda, titulado entonces Melquíades Álvarez, mi padre. En el canto de la moneda (Ediciones Nobel. Oviedo, 2003).

 

MELQUÍADES ÁLVAREZ COMO ALTERNATIVA POLÍTICA

(LA TERCERA VÍA)

Sobre Melquíades Álvarez solo pretendo tratar aquí de su faceta política, por ser la que mejor conozco y también porque creo que es la que más interesa.

Las circunstancias históricas que siguieron a su muerte, no fueron las más propicias para glosar a un hombre de talante tan intrínsecamente liberal y demócrata. Me gustaría recordar el penetrante análisis que hace Ortega y Gasset sobre el diferente sentido que tienen estas dos palabras, que ahora están en boca de todo el mundo: "Democracia y Liberalismo  -afirma-  son dos respuestas a dos cuestiones de derecho político completamente distintas". La democracia es el ejercicio del poder público que corresponde a la colectividad de los ciudadanos. El liberalismo señala que el poder público no puede ser absoluto, sino que las personas tienen derechos previos a toda injerencia del Estado, es pues la pretensión de limitar la intervención de dicho poder.

Difícil coyuntura, el equilibrio de estas dos tendencias. No obstante en Melquíades Álvarez se dieron paralelamente. Del respecto a estas dos doctrinas arranca todo su ideario político.
Melquíades Álvarez en 1911

Hay razones elementales que subyacen en el fondo de todo buen hombre y que se reflejan en sus reacciones; pues bien, para que estas reacciones sean positivas, para él y la colectividad, hay que canalizarlas, que educarlas. Esa idea típicamente krausista, fuente de la que Melquíades Álvarez había bebido a través de la Universidad ovetense será la batalla en la que luchará toda su vida, la respuesta que hay que buscar siempre que sus posturas, en diferentes etapas de ésta, nos desconcierten.

Cuando hace su primera aparición parlamentaria en 1901, las Cortes se encontraban monopolizadas por los dos partidos de la Restauración, es decir, el Conservador y el Liberal, que se alternaban en el poder. Turnos que si bien tuvieron su razón de ser en las postrimerías del siglo XIX, cuando la sociedad española era eminentemente agraria y amenazaba aún la reacción tradicionalista y el conservadurismo más rancio, ya no la tenía en los albores del siglo XX, al quedar totalmente obsoletos ante el empuje del emergente capitalismo industrial que había configurado una nueva sociedad de clases, con intereses abiertamente antagónicos.

Melquíades Álvarez pretende ya desde esos mismos momentos llamar la atención sobre este asunto  -la tan traída cuestión social-   y los problemas acuciantes que se derivan. Pide que se modernicen las estructuras del poder dentro de la Monarquía, sin alterar las bases materiales sobre la que ésta se asienta, con una nueva Constitución que consolide la supremacía del poder civil y la soberanía de la Nación como auténtico campo de toda actividad.

El Reformismo, partido por él fundado en 1912 con un programa de raigambre institucionista, laico y progresista, aspiraba en su ofensiva de modernización a representar el ala más innovadora de este sistema democrático a implantar.

Se establece a partir de entonces una lucha constante entre un diminuto David y un poderoso Goliat bicéfalo, que no está dispuesto a tolerar cambios que menoscaben su poder, a pesar de que sus objetivos escamoteaban escandalosamente los intereses del resto de la nación y, consecuentemente, eran contrarios a la inmensa mayoría de ésta.

Los esfuerzos por alcanzar sus nobles fines llenan su ánimo allí donde le parece que puede obtenerlos. Aunque no tuvo éxito, pese al empeño.

Su aproximación a los liberales dinásticos no le facilitó nunca el camino hacia el objetivo político-social que apetecía, pues dichos grupos sólo se acercaban al Reformismo, y se servían de él, siempre que necesitaban  neutralizar la fuerza de los conservadores, pero sin que mediara nunca una verdadera voluntad de cambio en el horizonte del régimen monárquico.

Cuando se aliaba a las izquierdas, en principio mucho más afines con sus ideas democráticas, chocaba con las posturas  radicales y revolucionarias de un amplio sector de éstas.

No es extraño pues que, desde muy temprano y desde frentes políticos muy distintos, se le haya acusado de hombre-puente, de dar bandazos a izquierda y derecha, de carencia de afirmaciones rotundas, sin tener en cuenta el contexto histórico ni la razón principal que le movía, que no era otra que el total convencimiento de que los cambios en la concepción social del Estado debían partir del propio trono para evitar males mayores y graves conflictos sociales. Esa convicción, por otra parte, no era nueva en nuestra historia moderna, ya los liberales la habían tenido y llevado a cabo pactando con la Reina Gobernadora. Y más tarde Castelar, o el propio Canalejas, este último sin ninguna condición propia, clave de su fracaso a mi parecer.

Estas estrategias de indefinición, o de incoherencia entre la teoría y la praxis política  -el enigma de Melquíades Álvarez se ha llegado a decir-, no fueron aceptadas por algunos de sus más valiosos seguidores, entre quienes cabe señalar a Ortega y Gasset, Azaña, Marañón, Pérez de Ayala o Fernando de los Ríos, que poco a poco se fueron distanciando del Partido Reformista y de su tribuno.

Entre tanto, el monarca y su círculo íntimo –encabezado por el intrigante Romanones- sabían de los propósitos del líder del Reformismo, y se esforzaron en toda ocasión por manipularlos para mantener a mi abuelo y sus colaboradores  -y por añadidura a todo lo que representaban-  a modo de “penúltima ratio”, de solución in extremis. No aceptaban la llegada de Melquíades Álvarez al gobierno, y la consiguiente merma constitucional que representaría para el poder de la Corona y su influyente camarilla, más que si suponía un mal menor ante una inminente revolución que, por otra parte, ya se anunciaba.

Cuando estuvo más cerca de ello fue a fines del año de 1922. Entonces, el monarca, sin soluciones ya dentro de los partidos turnantes, le llama para formar parte de la “concentración liberal” que se estaba gestando. Mas la irrupción en escena, al año siguiente, del general Primo de Rivera da al traste con la última posibilidad del reformismo social, al brindarle a la corona un asidero –la Dictadura- más acorde con la visión que de la sociedad tenía aquél rey, que notoriamente carecía de perspectiva histórica y era incapaz de percibir lo que se le venía encima.

Sucede, normalmente, que lo que ha de acontecer suele comenzar antes de que nos demos cuenta. El azar no nos precisa o señala cuándo, pero nosotros ya estamos atados a los hechos y las circunstancias. España entera estaba ya atada a aquella guerra fratricida, que lo anegaría todo de barbarie y de degeneración cívica.

El incomprendido Melquíades Álvarez fracasó en sus anhelos y con él la  alternativa democrática y de tutelaje social que proponía en su momento,  pero tal fracaso no mermó en absoluto su talla de hombre de Estado ni totalmente su ideario regenerativo, y mucho menos su conciencia crítica adelantada en muchas cosas a su tiempo. Probablemente su gran pecado.

Sarah Álvarez de Miranda